lunes, diciembre 02, 2013

Reglas de Vida.

Série: Armes Mysogines
Latex, pigment naturel, terre, métal.
2013



El mundo parece inestable, gris, gelatinoso, agrio, entre opaco de otoño  y mate de ajedrez, suena a armónica con burbujas, a rosas de plastilina. Uno tiene que protegerse de tanta desilusión, hacer sus propios amuletos, intentar salvarse. Hay que tener suerte para salir con vida de semejante algarabía.  

Vivir en sociedad es abrir las puertas de la casa a diario y tocar el timbre de los vecinos. Rozar los universos ajenos, mirar por un ojo de pescado para descubrir quién vive dentro de ese cuerpo, tan volátil, tan informe, tan extrañamente parecido al mío. Entonces el valor de La Vida, mejor escribirla con mayúsculas, es tan subjetivo como irracional; La Vida vale lo que a usted le parezca, por ejemplo un millón de pesos, o un portátil, o una traición. En términos prácticos, usted puede cuidar su vida, cambiarla por lo que quiera, venderla, renunciar a ella o quedarse con la de alguien; cada niño con su boleta.

En mi caso, me considero egoísta para cambiarla y muy joven para renunciar a ella, entonces decidí cuidarla. No es que sea complicado pero hay que pensarlo bien, no olvidar ninguna línea. Ciertos mecanismos de defensa se desarrollan al interior de las sociedades en conflicto, a la manera de nuevas  reglas de comportamiento adoptadas para evitar el peligro, se aprenden de boca en boca o mejor, como dicen algunos: de boca a oreja. Si alguien me preguntara qué hacer en caso de que decidiera conservar la suya, le compartiría mi lista de cosas que ya todos conocemos, acciones simples que facilitan la supervivencia, de la misma manera que uno empaca una botella de agua para ir a navegar, un sleeping  para acampar, unos zapatos cómodos para descubrir alguna ciudad o una maleta de ruedas para subir al avión. Éstas son algunas reglas que he aprendido, no aplican ni condiciones ni restricciones, se pueden utilizar en cualquier lugar del mundo, son gratis y no discriminan sexo, religión, nacionalidad, color de piel, profesión ni edad. Aproveche:   
   
    Reglas para cuidar la vida:

1.             No acercarse a un desconocido.
2.             No negar una moneda a alguien.
3.             No intervenir en una disputa cualquiera.
4.             No exponerse a los peligros de la noche.
5.             No desplazarse por calles con poca circulación.
6.             No portar joyas, ropa, zapatos ni accesorios de  marca.
7.             No comprar autos de lujo.
8.             No retirar dinero de un cajero automático elegido al azar.
9.             No partir sin cerrar con llave su casa o su auto.
10.          No colgar una cámara fotográfica en su cuello.
11.          No guardar sus pertenencias en los bolsillos.
12.          No colgar su bolso en el espaldar de una silla.
13.          No hablar por celular en la calle.
14.          No mostrar equipos de alta tecnología en espacios públicos.
15.          No llevar maletines en la espalda al momento de tomar el transporte público.
16.          No tomar taxis en la calle.
17.          No aceptar ayuda en los bancos.
18.          No guardar dinero en efectivo en su billetera.
19.          No toparse con un peatón en la calle.
20.          No separarse de sus objetos personales.
21.          No aceptar regalos de extraños.
22.          No invitar multitudes al hogar.
23.          No  proponer comida como limosna.
24.          No entablar conversaciones con personas en estado incierto.
25.          No recibir publicidad impresa repartida en la calle.
26.          No salir sin compañía de un bar.
27.          No dejar el puesto de al lado vacío en un transporte o lugar público.
28.          No trabajar para individuos con ingresos de origen desconocido.
29.          No tener deudas.
30.          No comprar (por favor) armas.
31.          No dejar a nadie a cargo de la casa.
32.          No olvidar que vivir es lo más peligroso que hay.
33.    No voltearse si un desconocido lo llama, y además, no intentar entablar un diálogo; preferir correr, siempre.                                              By: Saturne Impressionen.
34.    Nunca sentarse sobre un muro frente al mar dando la espalda a la calle.   By: Saturne Impressionen.                      
35. No dar limosna a nadie. By: Liliana Hernández.
36. No dar donaciones en los supermercados. By: Liliana Hernández.
37. No olvidar llevar siempre consigo algo con qué poder defenderse. By: Liliana Hernández.
38. No subirse a un taxi sin mirar las placas y revisar que las puertas puedan abrirse por dentro. By: Liliana Hernández.  
39. No recibir licor o vasos con liquido de extraños cuando estamos festejando en un bar o Discoteca By: Lina Ayala
40No sentarse en la ventana de un bus, siempre en el pasillo pa` salir corriendo! By: María José Cardenas
41. No dejar la maleta sola en el aeropuerto!   By: María José Cardenas
42. No llevar los celulares a los conciertos.     By: Cecilia García
43. No conversar con nadie cuando se está en un cajero automático.  By: Cecilia García
44. No abandonar el portátil ni un segundo del día!  By: Daniela Hernández
  45. No rodearse de personas negativas.         By: Mildred E.Gutiérrez
  46. No comer más de lo que tu estomago necesita.            By: Mildred E.Gutiérrez
47. No comer antes de acostarse (regla para adultos).            By: Mildred E.Gutiérrez  

Parecerían muchas pero uno se acostumbra, a condiciones difíciles respuestas inmediatas. Qué le vamos a hacer, si cambiar el mundo es tan difícil y nadie nos ha enseñado cómo hacerlo. Una vez que uno adquiere esos hábitos la vida se vuelve más espesa, más pantanosa, más parecida a un laberinto que a una pista de aeropuerto, más ruidosa, más difícil de portar. Leí alguna vez  que para acostumbrarse a algo se necesitan veintiún días, no es tan difícil hacer más amarga la existencia.


Si usted conoce otra Regla de Vida, escríbame (de preferencia un comentario en Letras Tibias), la agregaré a la lista y le daré los créditos. ¡Juntos construiremos un mundo mejor!.

_____________________________
Fr.

Le monde paraît instable, gris, gélatineux, aigre, entre opaque d’automne et mat des échecs, il sonne comme un harmonica aux bulles de savon, il ressemble à une rose de plastiline. On doit se protéger  d’une telle désillusion, fabriquer ses propres amulettes, essayer de se sauver. Il faut avoir un peu de chance pour s’en sortir vivant d’un tel vacarme.

Vivre en société c’est ouvrir les portes de la maison tous les jours et sonner chez les voisins. Frôler les univers d’autrui, regarder à travers un œil-de-bœuf pour découvrir celui qui vit dans ce corps si volatil, si informe, si étrangement semblable au mien. Alors la valeur de La Vie (il vaut mieux l’écrire en majuscules) est très subjective et irrationnel; La Vie coûte ce que selon votre avis est le plus juste, par exemple un million de pesos, ou un portable, ou une trahison. En termes de praticité, vous pouvez soigner votre vie, l'échanger par ce que vous voudrez, la vendre, renoncer à elle ou prendre celle de quelqu’un d’autre; chacun son truc.

En ce qui me concerne, je me considère trop égoïste pour l’échanger et trop jeune pour renoncer à elle, alors j’ai décidée de la protéger. Ce n’est pas que c’est compliqué mais il faut bien y réfléchir, n’oublier aucune ligne. Certains mécanismes de défense se développent à l’intérieur des sociétés en conflit, à la manière de nouvelles règles de comportement adoptées pour éviter le danger. On les apprend de bouche en bouche, ou plutôt comme on dit en français: de bouche à oreille. Si quelqu’un me demanderait quoi faire dans le cas où il/elle décidera de garder sa vie, je lui partagerai ma liste de règles qu’on connaît tous déjà, des actions simples qui facilitent la survie, de la même manière qu’on met dans son sac une bouteille d’eau avant de  partir en bateau, un duvet pour faire du camping, une paire de chaussures confortables pour aller découvrir une ville ou une valise à roulettes pour voyager en avion. Ceux sont quelques règles que j’ai apprises, il n’y a pas de conditions ni de restrictions, elles peuvent être utilisés dans n’importe quel pays du monde, elles sont gratuites et ne discriminent pas de sexe, religion, nationalité, couleur de peau, âge ni métier.   Profitez-en! :

Règles pour protéger la vie:
  1.      Ne pas approcher un inconnu.
  2.          Ne pas refuser de donner une pièce à quelqu’un.
  3.          Ne pas intervenir dans une dispute quelconque.
  4.          Ne pas s’exposer aux dangers de la nuit.
  5.          Ne pas se déplacer dans des rues isolées.
  6.          Ne pas porter des bijoux, des vêtements, des chaussures  ni d’accessoires de marque.
  7.          Ne pas acheter des voitures de luxe.
  8.          Ne pas retirer de l’argent dans un distributeur automatique choisi au hasard.
  9.          Ne pas partir sans fermer à clé sa maison ou sa  voiture.
  10. .      Ne pas mettre un appareil photo autour de son cou.
  11. . .    Ne rien garder dans ses poches.
  12.      Ne pas accrocher son sac au dossier d’une chaise.
  13.         Ne pas parler au téléphone portable dans la rue.
  14.         Ne pas montrer  des appareils d’haute technologie dans des espaces publiques.
  15.   .   Ne pas porter des sacs sur le dos au moment de prendre le transport public.
  16.     Ne pas prendre des taxis sur la rue.
  17.         Ne pas accepter de l’aide dans les banques.
  18.      Ne pas avoir de l’argent en espèces dans son portefeuille.
  19.         Ne pas se heurter avec un piéton inconnu.
  20.       Ne jamais se séparer de ses affaires personnelles.
  21.      Ne pas accepter des cadeaux d’un inconnu.
  22.   .   Ne pas inviter trop de gens à la maison.
  23.      Ne pas proposer de la nourriture en tant qu’aumône.
  24.      Ne pas établir une conversation avec une personne en état second.
  25.      Ne pas accepter de la publicité en papier distribuée sur la rue.
  26.       Ne pas sortir d’un bar sans compagnie.
  27.       Ne pas laisser vide la place d’à côté dans un transport ou lieu publique.
  28.       Ne pas travailler pour des individus dont on ne connait pas la source de revenus.
  29.       Ne pas avoir de dettes.
  30.        Ne pas acheter (svp) d’armes.
  31.      Ne pas laisser quelqu’un se chargé de la maison.
  32.      Ne pas oublier que vivre c’est ce qu’il y a de plus dangereux. 
  33. Ne jamais se retourner lorsqu'un inconnu vous interpelle, et de plus, ne jamais tenter d'établir le dialogue; préférer courir, toujours. By: Saturne Impressionen.
  34. Ne jamais s'asseoir sur un muret face à la mer en tournant le dos à la rue. By: Saturne Impressionen.
  35. Ne donner l'aumone à personne. By: Liliana Hernández.
  36. Ne pas faire des donations dans les supermarchés. By: Liliana Hernández.
  37. Ne pas oublier d'avoir sur soi quelque chose pour pouvoir se défendre. By: Liliana Hernández.
  38. Ne pas monter dans un taxi sans regarder la plaque d'immatriculation et s'assurer que les portes pouvent s'ouvrir de l'intérieur du taxi. By: Liliana Hernández.
  39. Ne pas accepter des verres d’un inconnu,que ce soit d’alcool ou de liquides bizarres, quand on fait la fête dans un barou une discothèque.  By : Lina Ayala
  40. Ne pas s’asseoir du côté de la fenêtre d’un bus, toujours du côté couloir pour partir en courant s’il y a besoin.  By : María José Cardenas
  41. Ne pas laisser sa valise toute seule à l’aéroport.   By : María José Cardenas
  42. Ne pas amener son téléphone portable aux concerts. By : Cecilia García
  43. Ne parler avec personne quand on est au distributeur automatique.   By :Cecilia García
  44. Ne pas abandonner son ordinateur portable une seule seconde de la journée. By : Daniela Hernández
  45. Ne pas s’entourer de personnes négatives.  By : Mildred E.Gutiérrez
  46. Ne pas manger plus de ce que ton estomac a besoin. By : Mildred E.Gutiérrez 
  47. Ne pas manger avant d’aller se coucher   (règle pour adultes). By : Mildred E.Gutiérrez
On dirait qu’il y a trop de règles, mais ne vous inquiétez pas, on s’y habitue vite: pour des conditions difficiles de réponses immédiates. Mais qu’est-ce qu’on peut faire d’autre, changer le monde est tellement difficile et en plus personne ne nous a appris à le faire. Une fois qu’on prend ses habitudes la vie devient plus épaisse, plus marécageuse, plus semblable à un labyrinthe qu’à une piste d’aéroport, plus bruyante, plus difficile à porter. J’ai lu une fois qu’on a besoin que de vingt-et-un jours pour prendre une nouvelle habitude; ce n’est pas très difficile de faire que l’existence devienne encore plus amère.

Si vous connaissez une autre Règle de Vie écrivez-moi (de préférence un commentaire sur Letras Tibias), je l’ajouterai à la liste et vous aurez les crédits. Ensemble, on construira un monde meilleur!.                  


martes, noviembre 19, 2013

El acento incorrecto.





Tengo siempre el acento incorrecto. No sé por qué me parece tan importante, noto cuando mis interlocutores  se dan cuenta y piensan “¿de dónde vendrá ésta persona?”. Lo más incómodo de esto es que me siento expuesta, siento que mi vida personal e historia familiar se ven exhibidas muy rápido, sólo se necesitan un par de sílabas para que El Otro me ubique en cierta región del país o del mundo, se imagine qué desayuné, dónde viven mis padres, qué hacía los domingos cuando vivía con ellos, cómo me vestía, en qué me transportaba, a qué hora del día se escondía el sol, cuáles fiestas celebro, cuántos festivos tiene el año, en qué idioma leo, si compraba flores o no, todo eso sin nombrar los clichés.

Cuando vivía en Armenia  hablaba paisa, y no sabía; luego me fui a Bogotá, y me di cuenta. A los habitantes de Bogotá les llamamos rolos, no es peyorativo sino costumbre. Los rolos miran a los paisas como los parisinos a los marselleses o los  catalanes a los madrileños; de reojo y viceversa. Hay una cosa molesta en los acentos, me siento como un valor agregado: los de aquí y yo, Los Otros y yo. Me pregunto si es muy grave, si a El Otro le resulta aparatoso entenderme, si se tiene que concentrar más de lo habitual, si después de media hora de conversación le duele la cabeza.  Cuando hablo con alguien que tiene un acento diferente al mío pienso siempre que debería cambiarlo al suyo, para facilitar la comunicación, para entrar en confianza, para hablar (casi) el mismo idioma. Entonces aprendí a hablar rolo, unos meses después de vivir en Bogotá empecé a acostumbrarme y a tener nuevos encuentros, la gran mayoría de nuevos conocidos tenían ese acento y me decían de vez en cuando la paisita, qué vaina, porque los paisas hablan, dicen, cantadito y los rolos con una entonación más fuerte al final de cada frase; no era tan difícil de imitar y me daba la impresión de sentirme más en casa, de no ser tan diferente, de molestar menos a la gente. Me acostumbré a mi nuevo acento, después de unas semanas ya no era copia sino real, me lo había apropiado, hasta que seis meses después regresé a la tierra del café, la mía, la paisa.   -“¡Ay, estás hablando rolo!”,   -Es normal, hace dos años vivo en Bogotá, respondía,  -“Yo sabía que se te iba a pegar (risas)”. Es como una traición, un “ya no eres de aquí, nos has abandonado, ahora hablas como ellos” (con música malvada de fondo), si no hablas como la mayoría estás frito: ya eres diferente.  Puse los puntos sobre las íes, mientras viva en Bogotá hablaré rolo y cuando vaya a Armenia hablaré paisa, así nadie me molestará. Escuchaba hablar a mis amigos y familiares, cerraba los ojos, me concentraba un poco, daba play y listo, mi acento paisa regresaba. Había, sin embargo, situaciones un poco más difíciles de manejar, por ejemplo cuando una persona me llamaba desde Bogotá y yo estaba en Armenia hablando paisa, entonces un minuto después de contestar la persona me decía “¡Ay, estás hablando muy paisa!”, y ya no sabía cómo hablar. Al final resultó siendo un paisa con una entonación más fuerte al final de cada frase o un rolo cantadito, una cosa en la mitad. La ventaja era que esas diferencias eran sólo regionalismos y aunque la entonación fuera diferente ambos estaban recogidos en el mismo idioma, el español.

Luego quise venir a Francia y la cosa se puso seria. No tiene que ver con el cambio de idioma (de español a francés, para eso lo estudié) sino con la manera de apropiárselo, poder mirar a El Otro a los ojos mientras le hablo, responder sin repasar todo mi diccionario mental, utilizar el mismo lenguaje corporal que ya conocía para acompañar mi voz, acordar palabras a ideas, expresar emociones con el mismo entusiasmo, aceptar que no hago parte de ese acento, que soy diferente. Me tomó muchos meses sentirme segura para hablar con personas que no conocía, me daba cuenta que las personas que me veían regularmente se habían acostumbrado a mi acento y por consiguiente me entendían con mayor facilidad, en cambio aquellas a las que hablaba por primera vez levantaban la mirada, me miraban con el ceño fruncido y me decían “¿perdón?”, todas con la misma respuesta automática: mirada, ceño y ¿perdón?, lo que para mí significaba “¿perdón?, no le entiendo un carajo pequeña extranjera recién llegada” o “¿perdón, podría hablar como nosotros? o en su defecto “¿perdón, para eso le sirvieron dos años y medio de francés?”. Entonces decidí que lo mejor era no hablar mucho, para no sentirme disminuida: llamadas por teléfono convertidas en mensajes de texto o cartas en papel, comentarios en clase reducidos, alguien pedía en el restaurante por mí o decía “quiero lo mismo”, escuchar más y hablar menos, conocer extranjeros para identificar su acento y compararlo al mío, buscar con anticipación en un traductor la palabra que necesitaba antes de incluirla en una frase, evitar hablar fuerte, mantener conversaciones cortas, ver televisión para aprender nuevas palabras y escuchar las entonaciones, leer el periódico, en fin, muy agotador.

He remarcado que las personas que van al psicólogo (como es la moda en estos días) hablan de sus problemas con frecuencia en su círculo de amigos y familiares, pareciera que eso les ayuda a combatirlos y a ganar seguridad en sí mismas, “exteriorizar el problema”, dicen. Decidí entonces hablar de mi acento con mis amigos y conocidos  franceses, a ver si eran solo ideas mías. La primera respuesta fue: “¡pero si ese es tu encanto!”, la segunda: “no hay ningún problema, te entendemos muy bien todo lo que dices” y las que vinieron: “solo tienes que articular un poco más”, “sí, tienes un acento pero no hay ningún problema” y en una noche de tragos: “¡amo tu maldito acento!”; todo indica que la diferencia va ganando. Luego lo comenté con una amiga, que a demás de ser francesa es psicóloga, el combo perfecto. La puse en contexto y le lancé mi pregunta preparada con anticipación: -¿por qué tengo la impresión de ser dos personas al mismo tiempo, una que piensa, habla, reacciona, escribe, analiza, lee y sueña en español y la otra que hace todo eso de una manera diferente y en francés?, y su respuesta fue -¿de verdad sueñas en francés, con que regularidad?, - Casi todos los días, sueño también en español y en francés en una sola noche y digamos que un poco menos de la mitad de todos mi sueños son en español. -¡Es genial! -¿Qué es genial?, -En un libro que leí decía que a partir de cierta edad las personas pueden aprender otros idiomas pero es muy difícil interiorizarlos, llevarlos al inconsciente como lo haría en sus primeros años de vida. Si tu sueñas en francés es porque has interiorizado el idioma y te lo has apropiado como si fuera tu segunda lengua materna, -¿Y por eso reacciono de manera diferente cuando hablo cada idioma?, -Es probable, deben haber muchos puntos en común entre esas dos maneras de ser que han adoptado nuevos comportamientos y creado la persona que eres hoy, con tu pasado y tu presente.                                 Otra vez: una mezcla de todo.


Quizá no tenga que ser de alguna parte, le decía a un amigo que fui a ver a París el año pasado, mientras tomábamos una cerveza en el Barrio Latino. -“Al final uno es eso, una mezcla de todo”, decía.  Entonces quiero ser un revoltijo de idiomas, de países, de comidas, de libros, de canciones, de pinturas, de atardeceres, de colores, de artistas, de olores, de películas, de trenes, de fotografías, de recuerdos, quiero ser la mezcla de eso y también de todo lo que me falta, de mi familia, de mis amigos en español, de mis no estaciones, de mi arepa con queso al desayuno, de mi tembladera por café, de mi infancia en un museo del oro, de mis montañas alrededor, de mi salsa a media noche, de mis vestidos en diciembre, de mi natilla en navidad, de mis paseos por el Parkway, de mis noches con Silencio, de mis flores para mi única abuela viva y mi (amado) abuelo muerto . 

    Nunca tengo el acento correcto, pero bueno, ¿qué define lo correcto?

__________________________
Fr.

L’accent incorrect

J’ai toujours l’accent incorrect. Je ne sais pas pourquoi ça me paraît si important, je remarque toujours quand mon interlocuteur s’en aperçoit et pense «D’où vient cette personne ? ». Le plus gênant de tout ça c’est que je me sens exposée, j’ai l’impression que ma vie personnelle et mon histoire familiale sont exhibées trop vite, il y a besoin juste de deux syllabes pour que L’Autre puisse me placer dans une région d’un pays ou du monde, pour qu’il imagine mon petit-déjeuner, où habitent mes parents, qu’est-ce que je faisait les dimanches quand j’habitais avec eux, comment je m’habillais, quel moyen de transport j’utilisais, à quelle heure était le coucher du soleil, quelles étaient les fêtes nationales que je célébrais, combien de jours féries il y a dans un an, dans quelle lange je lis, si j’achetais des fleurs ou pas, tout ça sans parler des clichés.

Quand j’habitais à Armenia, en Colombie, je parlais paisa1 et je ne le savais pas ; après j’ai déménagée à  Bogotá et j’y ai pris conscience. On appelle les habitants de Bogotá rolos, ce n’est pas péjoratif mais juste une habitude. Les rolos regardent les paisas de la même manière que les parisiens regardent les marseillais ou les catalans les madrilènes ; du coin de l’œil et vice versa. Il y a quelque chose de très gênant dans les accents, je me sens comme une valeur ajoutée: les gens d’ici et moi, Les Autres et moi. Je me demande si c’est très grave, si pour L’Autre c’est très compliqué de me comprendre, si L’Autre doit se concentrer plus que d’habitude, si après une demi heure de conversation il a mal à la tête. Quand je parle avec quelqu’un qui a un accent différent du mien je pense toujours que je devrai changer le mien, pour faciliter la communication, pour le mettre en confiance, pour parler (presque) la même langue. Alors j’ai appris à parler rolo, quelques mois après d’avoir déménagée à Bogotá je me suis habituée et je faisais des nouvelles rencontres, la plupart de nouvelles connaissances avaient cet accent et ils m’appelaient parfois la paisita, quelle embrouille!, parce qu’on dit que les paisas parlent en chantant et les rolos ont une intonation plus forte à la fin de chaque phrase ; ce n’était pas très compliqué à imiter et en plus j’avais l’impression de me sentir chez-moi, de ne pas être si différente que ça, de gêner moins les gens. Je me suis habituée à mon nouvel accent, après quelques semaines ce n’était plus une copie mais réel, je me le suis approprié. Six mois après je suis retournée à La Tierra del Café2, la mienne. –« Ah mais tu parles trop rolo maintenant!», - C’est normal, ça fait deux ans que j’habite à Bogota, je répondais.  –« Je savais que tu commencerais à parler comme ça (rires) ». C’est comme une trahison, un « tu n’es plus d’ici, tu nous as abandonné, maintenant tu parles comme eux » (il faut rajouter une musique méchante de fond), en gros si tu ne parles pas comme la plupart, c’est mort : tu es déjà différent. J’ai mis les points sur les i, tant que j’habiterai à Bogotá je parlerai rolo et quand j’irai à Armenia je parlerai paisa, comme ça tout le monde est content. J’entendais parler mes amis et mes parents, je fermais les yeux,  je me concentrai un peu, je faisais play et voilà, mon accent paisa revenait. Il y avait, néanmoins, des situations plus difficiles à gérer, par exemple quand quelqu’un m’appelait de Bogota et que j’étais à Armenia en train de parler paisa, alors une minute après d’avoir décroché la personne me disait « ah mais tu es en train de parler très paisa!, et je ne savais donc pas comment parler. À la fin le résultat était un paisa avec une intonation plus forte à la fin de chaque phrase ou un rolo un peu chanté, quelque chose au milieu. L’avantage était que ses différences sont juste du régionalisme et même si l’intonation est différente ils font tous les deux partie de la même langue, l’espagnol.           
    
Après j’ai voulue venir en France et c’est devenu rigolo. Ce n’est pas par rapport au changement de langue (d’espagnol au français, pour ça j’ai étudiée) mais la manière de se l’approprier, de pouvoir regarder L’Autre dans les yeux pendant que je lui parle, répondre sans avoir à réviser tout mon dictionnaire mental, utiliser le même langage personnel que j’avais déjà appris pour accompagner ma voie, accorder des mots aux idées, exprimer mes émotions avec le même enthousiasme, accepter que cet accent ne m’appartiens pas, que je suis différente. J’ai mis des mois pour parler avec des gens qui je ne connaissais pas, j’ai remarquée que les personnes qui me voyaient régulièrement avaient pris l’habitude de mon accent et grâce à ça ils me comprenaient mieux. Par contre ceux à qui je m’adressais pour la première fois levaient la tête, fronçaient les sourcils  et me demandaient « pardon ? », toutes les personnes avec la même réponse automatique répété : tête, sourcils et pardon?, ce que pour moi voulait dire « pardon? Je ne comprends rien du tout, petite nouvelle venue étrangère » ou « pardon, vous pouvez faire un effort et parler comme nous? » ou encore mieux « pardon, c’est à ça qu’ils ont servi les deux ans et demi de français?». Alors j’ai décidée que le mieux était de ne pas beaucoup parler, pour ne pas me sentir diminuée : les appelles téléphoniques transformés en message de texte ou lettres sur papier, des commentaires réduits en cours à l’école, quelqu’un commandait pour moi au restaurant ou je disais « je veux le même», écouter plus et parler moins, rencontrer des étrangères pour identifier leur accent et le comparer avec le mien, chercher à l’avance dans un traducteur le mot dont j’avais besoin avant de l’incorporer dans une phrase, éviter de parler fort, maintenir des conversations courtes, regarder la télévision pour apprendre des nouveaux mots et écouter les intonations, lire le journal, en fin, très fatigant.

J’ai remarquée que les personnes qui vont voir un psychologue (comme c’est la mode à ce moment) parlent de leurs problèmes régulièrement avec leurs amis et parents, on dirait que ça les aide à combattre et prendre de l’assurance, « extérioriser le problème », on dit. J’ai décidée donc de parler de mon accent avec mes amies et connaissances françaises, pour voir si c’était juste des idées à moi. La première réponse a été « mais si c’est ce qui fait ton charme! », la deuxième « il n’y a aucun problème, on comprend  tout ce que tu dis » et celle d’après : « il faut juste que tu articules un peu plus », «oui, tu as un accent mais il n’y a aucun problème » et dans une soirée arrosée « j’adore ton putain accent !» ; tout indique que la différence est en train de gagner. Après j’en ai parlée avec  une amie, qui en plus d’être française est psychologue, le kit parfait. Je l’ai mise en contexte et j’ai lancée ma question déjà préparée  à l’avance : -Pourquoi j’ai l’impression d’être deux personnes au même temps, une qui pense, parle, réagis, écris, analyse, lis et rêve en espagnol et une autre qui fait  tout ça mais d’une manière différente et en français?, et sa réponse a été –Tu fais vraiment des rêves en français, avec quelle régularité ?, -Presque tous les jours, je fais aussi des rêves en espagnol et en français dans la même nuit et je peux dire qu’un peu moins de la moitié de tous mes rêves sont en espagnol. – C’est génial!  -Qu’est-ce qu’est génial?  - J’ai lue dans un livre qu’à partir d’un certain âge les gens peuvent apprendre d’autres langues mais c’est très difficile de les intérioriser, de les amener à l’inconscient comme on le ferait dans nos premières années de vie. Si tu fais des rêves en français c’est parce que tu as intériorisé la langue et tu te l’as appropriée comme si elle était ta deuxième langue maternelle. –Et c’est pour ça que je réagis d’une manière différente quand je parle chaque langue?  -C’est fort probable, il y a surement plusieurs points en commun entre ses deux manières d’être qui ont adopté des nouveaux comportements et ont crée la personne que tu es aujourd’hui, avec ton passé et ton présent.               Une fois encore : un mélange de tout.

Peut-être ce n’est pas nécessaire que j’appartienne à quelque part, disais-je à un ami que je suis allée voir à Paris l’année dernière, en buvant une bière au Quartier Latin. –«À la fin on est que ça, un mélange de tout », disais-t-il. Alors je veux être un fouillis de langues, de pays, de nourritures, de livres, de chansons, de peintures, de couchés de soleil, de couleurs, d’artistes, d’odeurs, de films, de trains, de photographies, de souvenirs. Je veux être un mélange de tout cela et aussi de tout ce qui me manque, de ma famille, mes amis en espagnol, mes non-saisons, mon arepa3 au fromage pour le petit déjeuner, mon tremblement à cause du café, mon enfance dans un musée de l’or, mes montagnes tout autour, mi salsa à minuit, mes robes en décembre, mi natilla4 à Noël, mes promenades sur le Parkway, mes nuits avec Silence, mes fleurs pour ma seule grand-mère vivante et mon grand-père (adoré) mort.

Je n’ai jamais l’accent correct, mais bon… qu’est-ce que le correct ?                   










1.Paisa : type de langage et intonation typique des départements d’Antioquia Caldas, Quindío, Risaralda, Norte del Valle et nord-est de Tolima en Colombie.          
2.La Tierra del Café: région de la Colombie qui est connue pour la production du café, région  dont je suis née.
3.Arepa: recette à base du maïs moulu traditionnelle de la gastronomie colombienne.

4.Natilla: dessert à base de maïs, lait et panela (sucre de canne) servi traditionnellement à Noël et à la nouvelle année en Colombie.

miércoles, noviembre 06, 2013

Rojos y amarillos.



¿Que qué significan mis tatuajes?
¿No tiene miedo de ver  la misma imagen
  toda la vida?
¿Tiene miedo usted de ver su imagen repetida?
¿De la  piel que le tocó?
¿De ponerle cita a sus historias?
¿Del acento de su voz?

En un baúl de amargos rojos y amarillos
Hasta las sonrisas pasajeras tallan
Con los años líneas diluidas y separan
De los labios las mejillas.

¿Y sus recuerdos?
¿Dónde guarda usted los suyos?
¿Tiene una caja fuerte o un colchón?
¿Tiene más o igual que yo?
¿Cómo se cuentan los recuerdos?
¿Y las lágrimas y los amores?

Cercanía. ¿Cómo dijo? Letanía.
¿Un recuerdo, primer recuerdo
  o recuerdo número uno?
¿O centígrados de recuerdo?
¿Kilos, voltios, palpitaciones, parpadeos?

Yo los mido en cicatrices
En baladas de vainilla
En conjuntos de memorias
En lágrimas de porcelana.

¿Ya se dio cuenta de todo lo que no puede cambiar?
¿Del tamaño de sus manos?
¿Del color de sus uñas?
¿Del olor de su saliva?
¿Del ritmo del tiempo?

¿Y las líneas blancas en la piel de su infancia?
¿Hace cuántos años las mira?
¿También se grabaron para siempre?

Para su siempre
Es decir
Ese que va a tener que cargar
Toda la vida.

_____________________
Fr.

Des rouges et des jaunes.



Vous me demandez qu’est-ce qu’ils signifient mes tatouages?
N’avez-vous pas peur de regarder la même image
 toute votre vie?
Avez-vous peur de voir votre image répétée?
De la peau que vous n’avez pas choisie?
De fixer un rendez-vous avec vos histoires?
De l’accent de votre voix?

Dans une malle de goûts amers rouges et jaunes
Même les sourires passagers taillent
Avec les années des lignes diluées et séparent
Des lèvres les joues.

Et vos souvenirs?
Où gardez-vous les vôtres?
Avez-vous un coffre-fort ou un matelas?
Avez-vous plus ou le même nombre que moi?
Comment peut-on compter les souvenirs?
Et les larmes et les amours?

 Cercanía. Qu’avez-vous dit? Litanie.
Un souvenir, premier souvenir
 Ou souvenir numéro un?
Ou centigrades de souvenirs?
kilos, volts, palpitations, papillotages?

Moi, je les mesure en cicatrices
En ballades de vanille
En groupes de mémoires
En larmes de porcelaine.

Avez-vous déjà remarqué tout ce qui vous ne pouvez pas changer?
La taille de vos mains?
La couleur de vos ongles?
L’odeur de votre salive?
Le rythme du temps?

Et les lignes blanches sur la peau de votre enfance?
Ça fait combien d’années que vous les regardiez?
Se sont-elles gravées aussi pour toujours?

Pour votre toujours
C'est-à-dire
Celui qu’il va falloir porter

Toute votre vie.



viernes, noviembre 01, 2013

Mi tercer taller


Micromundo
Salón Antonio Valencia
Instituto de Bellas Artes
Armenia, 2007

El colegio se volvió una tortura. Levantarme cada mañana a las 5:30 a.m. para encontrarme con el coordinador en la entrada, removedor y algodón en una mano y tijeras en la otra para cortar la costura de mi falda. Ninguna tarea podía ser peor.

Había pintado varios años en lo que sería mi segundo taller: la casa de Doña Amparo  (ver texto Jugar a ser Artista, Mi segundo taller).  Necesitaba encontrar uno nuevo para equilibrar la pesadilla del colegio con lo que quería hacer, lo que me gustaba de verdad. Empezó la búsqueda, ¿quería seguir pintando al óleo o aprender cosas nuevas?, ¿iban a ser cursos particulares o en grupo?, ¿no podía ser más de una o dos veces por semana?, ¿tenía las bases necesarias para inscribirme?,  me hacía muchas preguntas y sólo la idea ya me emocionaba. Después de una o dos semanas descubrí el lugar más tranquilo, placentero y acogedor de esa pequeña ciudad: El Instituto de Bellas Artes.  Un universo nuevo se abría, clases de teatro, música y artes plásticas reunidas en un edificio blanco, más bien antiguo, con un mosaico de vidrio azul que teñía la luz desde el techo.

Empecé mis clases, pintura I, dibujo I, historia del arte I. Me di cuenta que había empezado al revés en eso de la pintura, tuve que conquistar a la acuarela para que me dejara hacer con ella lo que yo quisiera, tuve que meter mis materiales de óleo en una caja y llenar una nueva con la lista de nuevos juguetes, separar el agua del aceite, salir corriendo a las 2:00pm del colegio al paraíso.  Mi nuevo taller era más grande, lo que significaba más estudiantes, más profesores, más clases y, muy afortunadamente para mí,  más horas de silencio. Tenía 15 años, una falda escocesa de colegiala y sobre todo tenía la intención de sentirme como en mi taller anterior: con toda la atención para mí. Había recibido muchos cumplidos porque no tenía la oportunidad de compararme con otros estudiantes, lo que menos quería era que me dijeran que esos 8 años de pintura al óleo no habían sembrado pequeñas semillas, sabía que tenía que trabajar con disciplina,  orden, precisión y limpieza. Quería, sin duda, hacerlo muy bien, tenía miedo de pasar desapercibida, quería aprender y estar lista para enfrentarme al reto de la universidad. Tenía la ventaja de no poder ser más feliz haciendo mis jornadas de 7 horas, untarme las manos de carboncillo o tinta para grabado me recordaba mi primer taller.

Con el tiempo los profesores se volvieron mis amigos, pasaba tanto tiempo en ese lugar que ya empezaba a conocerlos muy bien. Al final de la tarde hacía una pausa con mi profesora de dibujo y grabado en el pasillo del teatro, que quedaba justo detrás del instituto, hablábamos de arte y de la vida, tomábamos café en tazas de porcelana blanca y de vez en cuando mirábamos a los artesanos vender sus semillas transformadas en collares, artes y pulseras. Luego regresábamos al taller, ella saludaba a sus estudiantes de la jornada nocturna y yo, en una esquina de la mesa, intentaba hacer una serie de impresiones con la prensa para grabado que nos hacía pensar en el timón de un barco. Yo me proponía para ser el capitán que manejaba el timón y ayudaba con esmero a levantar el papel de los otros para no ensuciarlo. Sonaba un piano en el fondo, entre el final de la tarde y las primeras horas de la noche, los estudiantes de música animaban el lugar con melodías y repeticiones y en algunos períodos se entrenaban para cantar el himno de la universidad. El tiempo no se medía y la fatiga tampoco, me perdía en ese edificio misterioso en el que, decían, rondaba un alma por las noches. El problema común de los adolescentes de no saber qué hacer después del colegio, en mi caso, ya estaba resuelto. Lo había decidido, bueno en realidad se decidió sólo: quería ser artista plástica.
Ese sería mi escape durante dos años, mientras tanto esperaba viajar a la capital para intentar tener un cupo en la universidad pública donde quería estudiar, que era del tamaño de otro universo entero. El café del final de la tarde se fue trasladando a otros lugares y mi profesora también; del instituto a la ciudad, del corredor del teatro al café cercano a su casa, del grabado a los amores, del arte a la vida. Gracias a ella por tanto amor.


Tengo una deuda pendiente con ese lugar a la que responderé con entusiasmo cuando tenga la oportunidad. Ese, mi tercer taller, es el jardín secreto de esa época de mi vida. He estado haciendo la lista de mis talleres para intentar entender mi manera de trabajar, es que tengo siempre la impresión de estar jugando…

miércoles, octubre 23, 2013

Remendar como ritual de sanación.



Remendar es un verbo que aprendí en Colombia cuando podía contar mis años de 
edad con una sola mano.  Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, remendar significa “aplicar, apropiar o acomodar algo a otra cosa para suplir lo que falta”,  y si lo que falta es casi siempre dinero, podría entonces afirmar que es ese un verbo de uso regular, no digo que cotidiano porque no sería entonces el sistema capitalista nuestro modelo económico, pero sí frecuente, habitual y por qué no tradicional.

La primera vez que un canapé abandonado a la intemperie se me cruzó en el camino, no dudé un solo instante que muy seguramente todavía había algo que podía hacer por él. Esa costumbre la tenemos en Colombia, cuando queremos 
deshacernos de algo primero pensamos en la familia, en ese pariente que vive cerca y que tal vez recibiría con entusiasmo un sofá de tres puestos para ponerlo en su salón, al lado de la Millonaria que riega desde hace años y que le trae buena suerte. Después, si por cosas de la vida, ningún pariente (cercano o no) acepta la donación – casi siempre recibida más como un regalo que como una obra de caridad- entonces abrimos el círculo a los amigos, seguro que Fulanito que se acaba de casar necesita un comedor o el hijo de la cuñada de Sutanito, que vive sin un peso, va a estar eternamente agradecido de recibirlo. Digo esto con conocimiento de causa, mis padres regalaron a los vecinos del piso de abajo el primer comedor (tejido en mimbre) que tuvimos para hacerle espacio a uno nuevo de madera y años más tarde los muebles de la sala fueron instalados en la casa de mi abuelo. Es más, cuando mi padre era soltero guardaba los muebles de sus amigos  en el apartamento mientras ellos encontraban un lugar donde pudieran utilizarlos. Todo menos desperdiciar, uno nunca sabe cuándo va a necesitar qué, es mejor guardar el sofá viejo en la buhardilla que llevarlo al basurero municipal, de hecho esa nunca fue una opción. Si recuerdo todo esto en detalle es porque hace un par de años vivo fuera de ese país, el mío. Ahora vivo en uno nuevo, uno que me conseguí para poder ir a ver las pinturas que me gustan y aprender a catar buenos vinos. En este lugar la cadena de pasos a seguir (habría podido escribir Conducto Regular pero esas palabras me recuerdan al coordinador de mi colegio y por tanto no las puedo soportar) para deshacerse de ese canapé viejo es más corta: el primer paso (el de la familia) aplica sólo si la relación de quien se deshace con quien recupera es muy estrecha y el segundo (el de los amigos) si quien recupera es estudiante y hasta de pronto desempleado. Aquí si algo estorba en la casa se saca a la calle, al andén, y el camión de la basura, que pasa los miércoles al final de la tarde, lo recoge para llevarlo directo al vertedero. Fin de la vida útil de lo que quiera que ese algo represente en la casa de cualquiera.

He buscado la traducción del verbo Remendar en francés, esto es algo que hago a diario pues debo traducir mis textos del español al francés o viceversa. El resultado en realidad no me sorprende: reparar o corregir, ojo: que no es lo mismo. 

¿Por qué botar ese pantalón si todavía se puede remendar?, no es que necesite ser reparado, porque funciona perfectamente, ni corregido porque no está, si eso fuera posible, equivocado; necesita ser remendado, porque pasó tantos años envolviendo las piernas de alguien que se rasgó, o fue quemado con un cigarrillo, o envejeció y los colores ya no son los mismos que hace dos años, o una gota de blanqueador decoloró por accidente la tela ... ¡pero no por eso lo vamos a botar! En cambio, y para dar un par de ejemplos, yo nunca he visto en mi nuevo lugar de residencia un billete de diez euros remendado con cinta transparente, ni una pieza decorativa/ taza/ bandeja de porcelana que se quebró pegada con Súper Glue y puesta sobre la mesa de centro de la sala.


 La pregunta es si esa costumbre (por eso en el primer párrafo decía tradición) de remendarlo todo,  nos es aprendida naturalmente de generación en generación en Colombia y por tanto hace parte de nuestro legado cultural o si en otros países el verbo remendar no existe simplemente porque las condiciones económicas, sociales y culturales conducen a sus individuos a un ritmo de vida acelerado, casi automático, que no les enseña ni les permite hacerlo.

Después de haber remendado pantalones, pulseras, zapatos, medias veladas, camisetas y hasta luces de navidad, tengo que decir que me inclino más por la primera, el Legado Cultural. Hace más de quinientos veintiún años, cuando el señor Colón vino a bautizar nuestras tierras en muestra de su desarrollada avaricia primermundista, ya éramos desde hace años escultores, orfebres, tejedores, ceramistas, esmeralderos, pintores, algodoneros, alfareros; hacedores de objetos con las manos. Eso quiere decir que durante más de cinco siglos hemos preparado materias primas, predefinido objetos terminados, moldeado, tallado, limado, fundido piezas para un fin (alimenticio, decorativo, fúnebre, festivo, etc.) y por tanto remendado mantas para cubrirse, vasijas de barro, estatuillas de piedra, collares que cubren todo el pecho, pinturas sobre tela, canastas de mimbre sin fondo. Seguramente es por eso que la nuestra es una cultura animista, que cree en el alma de ciertos animales, objetos, elementos naturales y se aferra a ellos para sentirse segura. En Colombia fabricamos objetos y les otorgamos una vida, que a demás de ser el tiempo de utilidad que nos prestan, es la vida de la materia que lo compone, el sofá mismo que no queríamos botar a la basura porque perteneció a la tía y antes a la abuela y que guarda simbólicamente un pedazo de historia familiar del que no estamos dispuestos a desprendernos. Como si ese sofá tuviera los recursos necesarios para contribuir a una vida y a una sociedad mejor.

Creo que por eso remendamos de manera instintiva, de memoria, porque así nos enseñaron. De hecho casi todo se puede remendar, excepto los cuerpos de personas desaparecidas por la guerra, los cuerpos torturados por las dictaduras, los cuerpos de niños maltratados y explotados para trabajar, los cuerpos de personas sin nombre encontrados en fosas comunes, los cuerpos de personas con hambre y sed, los cuerpos heridos por minas escondidas en el campo, los cuerpos de bebés abandonados en canastos, los cuerpos sin territorio ni familia, los cuerpos de indígenas desplazados a la ciudad, los cuerpos de los mártires de la paz que todavía no existe, los cuerpos inmolados y desesperados por la falta de libertad, los cuerpos caídos en la selva, los cuerpos damnificados por la pobreza, los cuerpos mutilados por las armas, los cuerpos lisiados que querían defenderse, los cuerpos atormentados en el olvido nacional, los cuerpos sin nombre, los cuerpos que devienen el Cuerpo de la Guerra. He querido representar ese Cuerpo, utilizando la tierra como elemento generador de la vida y retenedor de la muerte que da forma a la piel que la retiene, una piel remendada, llena de cicatrices, de memoria. La tierra de la Preocupación en la teoría china de las Cinco Fases, “la bilis negra o melancolía” de Hipócrates, la tierra de la “frialdad y sequedad” de Aristóteles, “la tierra que da el ser y es la matriz universal” para los pueblos del neolítico. Mi pequeño ritual de sanación, de reparación, de remedio y de remiendo está dirigido a ese Cuerpo de la Guerra al que interrogo a diario, en respuesta a mi inquieta preocupación por El Otro, por su cuerpo transformado por la guerra, por las víctimas sin voz y la desesperanza que nos invade. Remendar cuerpos que no son míos pero idénticos al que porto, remendar varios por día, mirarlos en la palma de mi mano, dejarlos reposar sobre una cama de tierra, y volver a empezar.


___________________________
Fr.

Remendar est un verbe que j’ai appris en Colombie quand je pouvais compter mes années de vie sur une seule main. Selon le Dictionario de la Real Academia de la Lengua Española, remendar signifie « appliquer, approprier ou ajuster quelque chose a une autre chose pour suppléer ce qui manque », et si ce qui manque est d’habitude de l’argent, je peux donc affirmer que celui-ci est un verbe d’usage courant, je ne peux pas dire qu’il est d’usage quotidien parce que le système capitaliste est notre model économique, mais je peux dire qu’il est d’usage fréquent, habituel et pourquoi pas traditionnel.        

La première fois qu’un canapé abandonné à la belle étoile a croisé mon chemin, je me suis dit tout de suite que je pouvais encore faire quelque chose pour lui. On a cette habitude en Colombie, quand on veut se débarrasser de quelque chose on pense d’abord à la famille, on pense au parent qui habite pas très loin et qui aimera peut-être avoir ce canapé trois places dans son salon, à côté de la Millonaria1 qu’il arrose depuis des années et qui lui apporte du bonheur.   Après avoir fait le tour de la famille et d’être sûr qu’aucun parent (qu’il soit proche ou pas) accepte la donation –qui est en général perçue plus comme un cadeau qu’une œuvre de charité – on passe au cercle d’amis, « c’est sur que Fulanito2 qui vient de se marier a besoin d’une table à manger »  ou « le fis de la sœur de Sutanito2 ,qui n’a jamais un sou sur lui, va être content de recevoir cette table» Je dis ça en connaissance de cause, mes parents ont offert aux voisins d’en-dessous la première table à manger qu’on a eu (qui était tissée en osier) pour faire de la place à une nouvelle table en bois et quelques années plus tard les canapés du  salon ont été installés chez mon grand-père. De plus quand mon père était célibataire il stockait les meubles de ses amis chez-lui en attendant qu’ils trouvent un nouvel endroit pour pouvoir les utiliser. Tout sauf le gaspillage, on ne sait jamais quand est-ce qu’on va avoir besoin de quoi, il vaut mieux ranger le canapé dans la cave que de l’amener à la déchèterie, en fait ce n’était pas du tout une option. Et si je me rappelle de tout  ça en détail, c’est parce que ça fait deux ans que je n’habite plus dans ce pays, qui est le mien. J’habite maintenant dans un nouveau, un pays que j’ai choisi pour pouvoir aller voir en vrai les peintures que j’aime et pour goûter de bons vins. Dans cet endroit la démarche pour se débarrasser de ce vieux canapé est beaucoup plus courte : la première option (celle de la famille) est pertinente si la relation de celui qui se débarrasse avec celui qui récupère est forte et la deuxième (celle des amis) fonctionne si celui qui récupère est étudiant ou s’il est au chômage. Ici si quelque chose devient encombrante on la met dehors, sur le trottoir, et le camion poubelle, qui passe tous les mercredis en fin d’après-midi, vient le ramasser pour l’amener à la déchèterie. Et voilà la fin de la vie utile du canapé.

J’ai écris ce texte d’abord en espagnol, j’ai cherchée la traduction en français du verbe remendar  pour faire la traduction de ce texte et je ne l’ai pas trouvée. J’ai trouvée des mots qui ne correspondent pas exactement à la signification en espagnol : rapiécer, réparer ou corriger, attention : ce n’est pas la même chose. Pourquoi on jettera un pantalon si on peut encore le remendar ?, il n’a pas besoin d’être réparé parce qu’il fonctionne très bien (on peut le porter et il nous protège du froid, etc.), il n’a pas besoin non plus d’être corrigé parce qu’il n’y a pas de défaut de fabrication ; il a besoin d’être remendado parce qu’il a passé tellement longtemps autour des jambes de quelqu’un qu’il s’est déchiré, ou parce qu’il a été brulé avec une cigarette, ou parce qu’il a mal vieilli et ses couleurs ne sont pas les mêmes que l’année dernière, ou parce qu’une goute de blanchisseur a décoloré par accident le tissu… mais  ce n’est pas pour cela qu’on va le jeter ! Par exemple je n’ai jamais vu un billet de dix euros remendado avec du scotch, ni une pièce décorative/une tasse/ un plateau fait en porcelaine remendado avec de la Super Glue parce qu’elle a été cassée.

La question est : est-ce que cette habitude de tout remendar existe parce qu’elle nous a été apprise de manière naturelle, de génération en génération en Colombie et fait partie de notre héritage culturel? ou est-ce que dans d’autres pays le verbe remendar n’existe pas, tout simplement parce que les conditions économiques, sociales et culturelles mènent les individus dans un rythme de vie accéléré, presque automatique, qui ne leur apprend ni ne leur permet de le faire?.    

Après avoir remendado des pantalons, bracelets, chaussures, collants, tee-shirts et même des petites ampoules pour noël, je dois dire que j’ai une préférence pour la première théorie : celle de l’héritage culturel. Il y a plus de  cinq-cent-vingt et un ans, quand Monsieur Colon est venu baptiser nos terres en preuve de son avarice du premier monde, nous étions déjà sculpteurs, tisseurs et tisseuses, céramistes, miniers et minières, bijoutiers, tailleur et tailleuses d’émeraudes, peintres, cotonniers et cotonnières, potiers et potières : créateurs d’objets manufacturés. Cela veut dire que pendant plus de cinq siècles nous avons préparé des matières premières, prévu des objets finis, moulé, taillé, poli, fondu des pièces en fonction d’une utilité (alimentaire, décorative, funèbre, festive, etc.) et pourtant on a remendado des couvertures pour se couvrir, des pots en terre, des statuettes de pierre, des colliers qui font la taille de la poitrine , des peintures sur tissu, des paniers en osier sans fond. C’est sûrement pour cette raison que notre culture est animiste, nous croyons en l’existence de l’âme de certains animaux, objets, éléments naturels et nous nous accrochons à eux pour nous rassurer. En Colombie nous fabriquons des objets et nous leur accordons une vie, qui en plus d’être sa durée d’utilité est la vie de la matière qui les compose, le canapé que nous ne voulions pas jeter à la poubelle parce qu’il a appartenu à la tante et avant à la grand-mère, garde symboliquement un morceau d’histoire familière duquel nous n’avons pas envie de nous détacher. C’est comme si ce canapé avait les ressources nécessaires pour contribuer à une meilleure vie et à une société bonifiée.

On peut remendar presque tout, sauf les corps des personnes disparues par la guerre, les corps torturés par les dictatures, les corps des enfants maltraités et exploités pour travailler, les corps des personnes sans nom retrouvées dans les fosses communes, les corps des personnes qui ont faim et soif, les corps blessés par des mines cachées en campagne, les corps des bébés abandonnés dans des paniers, les corps sans territoire ni famille, les corps des indigènes déplacés de manière forcée dans les villages, les corps des martyres de la paix qui n’existe pas encore, les corps immolés et désespérés par le manque de liberté, les corps abattus dans la forêt, les corps endommagés par la pauvreté, les corps mutilés par les armes, les corps incapables de se défendre, les corps tourmentés par l’oublie national, les corps sans prénom, les corps qui deviennent le Corps de la Guerre. J’ai voulue représenter ce Corps, en utilisant la terre comme élément générateur de vie qui retient à la fois la mort et qui donne une forme à la peau qui l’enveloppe, une peau remendada, comblée de cicatrices, de mémoire. La terre de la Préoccupation dans la théorie des Cinq Phases, « la bile noire ou la mélancolie » d’Hippocrate, la terre de «la froideur et la sécheresse » d’Aristote, « la terre qui donne vie à l’être et qui est la matrice universelle » pour les peuples du Néolithique. Mon petit rituel de guérison, de réparation, de remède et de remiendo est dirigé à ce Corps de la Guerre, vers qui j’interroge au quotidien en réponse à mon inquiète préoccupation de L’Autre. Remendar ses corps qui ne sont pas les miens mais identiques à celui que je porte, remendar plusieurs par jour, les regarder dans la paume de ma main, les laisser se reposer sur un lit de terre et revenir au début.         




1.        Millonaria: plante à fleurs de la famille des Lamiaceae. Son nom scientifique est Plectranthus Verticillatus mais elle est connue comme Plante de l’argent où Millionnaire. La tradition indique que celui qui a une Millonaria chez-lui, il ne lui manquera jamais de l’argent.
2.        Fulanito et Sutanito sont des prénoms utilisés en espagnol qui équivalent à Madame tout le monde ou Monsieur tout le monde en français.


lunes, octubre 14, 2013

La ciudad de la muerte.



Algunas ciudades me han recibido con monumentos gigantes, iluminación pública intachable, calles impecables y peatones bien vestidos. Esta vez, una nueva para mí, me dejó a oscuras y en silencio.

Tiene que ser, y no me cabe la menor duda, uno de los lugares más poéticos del mundo. Con un mapa detallado y pantalones cómodos, me aventuré en Venecia, el laberíntico espacio de los pintores renacentistas que parió a Bellini, Carpaccio, Tiziano, Veronese… suspiro, ¡qué suerte la mía!

Imagínese que un día se despierta perdido en una pintura, al óleo sobre madera de preferencia, parado en la mitad de un puente pequeño de mármol blanco, rodeado de caballos con traje de gala, chimeneas en forma de copa de vino tinto, ángeles rojos con rostro repetido y el patrón subido en una nube vaporosa dotado de una barba blanca como la de papá Noel. Imagínese ahora que los autos no existen, que la comida típica es el helado en cono, que en las iglesias los creyentes le rezan al pinturas y no a una cruz, que las pizzas se comen enrolladas, que existen cabañas para gatos alimentados por cualquiera, que sus tangas o calzoncillos pueden secar libremente al sol,  que los espaguetis son negros, que la cerradura de la puerta de su casa tiene forma de león de peluche y que el mar está al borde de su casa. Yo todavía no me despierto, elija usted cuándo quiere salir del paraíso.

Y no sería El Paraíso si no estuviera muriendo. Cuando uno camina por los estrechos callejones venecianos, que en su mayoría son del ancho de sus dos brazos extendidos a la altura de sus  hombros, el horizonte se evanesce y la luz del sol cae debilitada sobre las terrazas improvisadas en madera. Las antiguas torres puntiagudas se reposan sobre el hombro derecho para susurrarnos delicadamente, como lo haría Laura de Avellaneda, “qué sola va a quedar mi muerte sin-su-vi-da”.

Debe ser que en nuestras ciudades modernas el paso del tiempo pasa bajo cuerda – como tantas otras cosas – y que nos acostumbraron a no ver nuestros muros envejecer. Gracias al patrón de barba larga nos podemos escapar a otros mundos, a hablar otras lenguas, a perdernos en la noche,  a ver cómo se va destruyendo todo, sin miedo porque no es nuestra casa la que está al lado del mar. La preciosa, encantadora e  imposible ciudad de las góndolas está muriendo a un ritmo que no es humano,  - ¡pero por favor!, si el de ella tiene que ser divino – y se va desnudando  lentamente para que todos la podamos ver. Las iglesias se van quitando el disfraz de mármol y se quedan en ladrillo, las fachadas de desmaquillan y permanecen pálidas, las pinturas viven en la oscuridad en un intento frustrado contra el tiempo por conservarlas, la marea alta desciende menos, las olas se multiplican por los cruceros de diez pisos, las cuerdas del vaporetto se deshacen, los relojes de números romanos se detienen, los peces se alejan de los puertos, el agua reaparece entre las grietas de los andenes y uno se queda con el vientre retorcido y las lágrimas a medio camino, y le toma fotos por si un día ya no existe, y le reza al Tiziano de los tres rojos diferentes para que la embalsame, y hace un brindis a su salud,  y los veinte millones de turistas por año se ponen las botas impermeables para ir a morir un poco más en su convalecencia. 


        Venecia es tan hermosa que la Venus de Milo le tiene celos. Razón tiene, esas cosas pasan entre mujeres, bueno para mí  Venecia tiene nombre de mujer. Entre mis brindis de vino tinto con burbujas y spritz, escuchaba a sus habitantes hablar casi cantando, con ese acento festivo en un tono alto que solo ellos pueden elevar y pensaba con aire de turista, qué difícil debe ser la vida de estos tres caballeros aquí. Imaginaba por ejemplo una familia mudándose de casa en barco, un empleado haciendo el depósito de alimentos en un supermercado, un cartero repartiendo cartas de amor que ya (casi) no existen, un policía persiguiendo a un aventajado o un paramédico llevando al enfermo al hospital; todo parece más difícil antes de ser realizado. Esos señores parecían felices y cansados, lo que parecía un problema estaba ya resuelto: barcos blancos y azules para los policías, amarillos y naranjas para las ambulancias, en madera brillante para los taxis… y uno ve cómo una extraña normalidad reina cotidianamente en ese lugar improbable. Los niños reciben sus clases de catequesis en la Iglesia de Santa María, entre tumbas barrocas gigantes, caballos de madera y pinturas de Bellini (ahora entiendo por qué la mayoría católica en Italia),  las señoras se reúnen en las plazas para pasear a sus perros y empacan en pequeñas bolsas moradas los regalitos que uno va encontrando cuando camina, las góndolas tienen la prioridad sobre los barcos con motor a falta de semáforos.

 Y uno está ahí, parado en la mitad de la Plaza San Marcos, con los pies gordos de tanto caminar y los ojos brillantes como nunca, preguntándose por qué todos esos santos lo miran al mismo tiempo, cuántos cientos de años ha vivido ese reloj, cómo fue que construyeron con árboles el suelo de esa ciudad, si es verdad que el carpaccio que uno pide en los restaurantes se debe a la pintura de Carpaccio, por qué construyeron los puentes después de los edificios, cómo se prepara la polenta, a qué hora vuelven a sonar las campanas, dónde fabrican los remos de los barcos, para qué sirven las máquinas que uno no puede utilizar, qué tienen los helados allá que son tan ricos, cómo fabrican las pastas para poder enrollarlas en hilos tan largos, a dónde se fueron los ángeles que hacían música en las fiestas y se llena de dudas, y la luna está roja, y el último barco para regresar al hotel va a partir, y uno no  está listo para regresar.










domingo, octubre 06, 2013

Fiona


Première sphère.
Tissu, mousse, fil.
2013.


Cent petits morceaux blancs en forme irrégulière reposaient sous terre. Je les ai trouvées par hasard il y a quelques années, pendant une balade en forêt près de Clermont-Ferrand. Curieuse, je les ai ramassés, j’ai pris la peine de les enlever  avec la terre qui était autour pour éviter des dégâts, j’ai tout mis dans un sac plastique que j’ai trouvé dans ma poche.  En suite je les ai ramenés chez-moi, ils ressemblaient beaucoup à des minéraux ou des grains très durs. J’ai pris un pot de confiture vide et j’ai mis ces objets dans la terre pour confirmer ma théorie des grains,  j’ai l’habitude de garder les pots de confiture une fois qu’ils sont vides pour m’en servir après.
      
Tous les dimanches matin, j’arrosais la terre avec beaucoup d’eau, c’était l’automne, il faisait encore chaud et j’avais hâte de découvrir la surprise. Au bout de quelques mois des petites plantes vertes sont apparues par dessus la terre, j’ai pu constater que c’étaient des mauvaises herbes mais j’ai décidée de ne pas les enlever, ce qui m’intéressait c’était d’observer attentivement tout le processus de développement. Un mois après j’ai remarquée un liquide blanc jaunâtre un peu épais qui recouvrait la surface, quand il faisait très chaud celui-ci fondait et devenait encore plus liquide. Inquiète, j’ai creusée pour retrouver les grains, j’étais agréablement surprise de voir que les morceaux s'étaient mis ensemble, ils étaient collés et forment un volume en forme d’os.   Ce matin j’ai été très perturbée, je n’avais jamais vu un phénomène pareil, je ne savais pas comment entretenir cet objet/plante/os… je l’ai mis dans mon jardin et j’ai décidée laisser faire la nature tout en surveillant son évolution.

J’ai attendue cinq jours et je suis allée voir mon pot de confiture, je me suis aperçue qu’une  peau très fragile, sèche comme un raisin, s’était développée. Trois semaines après une fissure est apparue, elle traversait le volume d’un côté à l’autre comme cette plante grasse appelée Lithops. Je connaissais cette plante parce que j’ai une collection de cactus et plantes grasses sur ma cheminée, la Lithops est une de mes préférées. Ma plante en forme d’os ne possédait pas des racines ni des tiges, elle-même constituée une réserve importante d'eau et sa couleur était assez terne, elle variait du gris au verdâtre, au jaunâtre ou au rougeâtre. Sa partie supérieure aplatie ou plus ou moins bombée portait des tâches translucides et la peau était en partie soulevée par des bulles de couleur rouge brun.

J’avais toujours cette difficulté de lui accorder un genre, je me rendais compte qu’elle se développait plus vite qu’une plante. Le printemps arrivait, une nouvelle paire d’os recouverts de peau était sortie au milieu du premier, la fissure est devenue plus importante et elle ouvrait le volume a moitié pour laisser l’organisme se développer. La croissance était lente et elle s’était poursuivie jusqu’au mois d’Août. À la fin du printemps il débordait de son pot, chaque nouvelle paire s’ouvrait et donnait naissance à une autre tous les quatre jours, elle en avait une vingtaine.  Les tâches rouges et vertes s’élargissaient et couvraient la totalité du volume, elles devenaient plus foncées et une odeur d’acide gras envahissait mon jardin. Ses formes changent tous les jours, elles étaient des organismes vivants, j’ai envie de dire qu’elles ressemblaient de plus en plus à des organes humains. Elle s’appelait Fiona, elle était magnifique. Elle a vécue cinq ans, pendant l’hiver dernier elle a perdue l’eau qui la maintenait en vie. J’ai décidée de la garder jusqu’au dernier moment,  je l’ai rempotée dans un récipient rectangulaire beaucoup plus grand que celui qu’elle avait avant : soixante-cinq centimètres de long, trente-quatre centimètres de large et vingt-trois centimètres de profondeur. La taille d’un petit cercueil pour enfant.

__________________________________
Esp.

Cien pedazos pequeños, blancos, de forma irregular, reposan en el suelo. Los encontré, por suerte, hace algunos años mientras caminaba en un bosque ubicado cerca de Clermont-Ferrand. Curiosa, los recogí con cuidado, conservé la tierra que estaba alrededor para evitar cualquier daño. Guardé todo en una bolsa plástica que había encontrado en mi bolsillo y me los llevé a casa.

Una vez allí, los puse sobre una mesa y observé, parecían minerales o semillas muy duras. Tomé un frasco de mermelada vacío y los sembré para confirmar mi teoría de que eran semillas.  Tengo la costumbre de guardar los frascos vacíos de mermelada para utilizarlos después, es un hábito que se me quedó después de la universidad, mi profesor de pintura nos recordaba cada semana lo útiles que podían ser.   
Todos los domingos en la mañana regaba la tierra con mucha agua. Era el inicio del otoño, la temperatura todavía no había descendido mucho y yo sólo quería descubrir la sorpresa. Al cabo de algunos meses empezaron a crecer plantas verdes y frágiles sobre la tierra, no eran las semillas, investigué y pude constatar que se trataba de plantas arvenses, casi siempre indeseables, maleza. Sin embargo, decidí dejarlas allí, lo que me interesaba era observar con atención todo el proceso de desarrollo. Un mes después, noté que un líquido blanco, amarilloso, un poco espeso, recubría la superficie; cuando hacía calor, éste fundía y se volvía muy líquido. Preocupada, hice un agujero en la tierra para llegar hasta las semillas, cavé cuidadosamente para no dañar lo que potencialmente podría estar bajo tierra. Para mi sorpresa los pequeños pedazos se habían soldado, estaban juntos, pegados,  formaban un volumen en forma de hueso. Fue una mañana llena de dudas, nunca antes había visto un fenómeno como ese, no sabía cómo debía cuidar a mi objeto/planta/hueso ni qué necesitaba para seguir desarrollándose. Resembré, cerré el agujero inicial y la llevé a mi jardín; dejé todo como estaba y dejé a la naturaleza hacer su trabajo. Continué vigilando su evolución.

Esperé cinco días y fui a ver mi frasco de mermelada. Una piel delicada, frágil, seca como una pasa, se había desarrollado. Tres semanas después una grieta  apareció, atravesaba el volumen de un lado al otro,  se parecía un poco a esa planta que se llama Lithops. Yo la conocía porque tengo una colección de cactus y piedras vivas sobre mi chimenea, esa es una de mis favoritas. Mi planta, en forma de hueso, no poseía raíces ni ramas, ella misma constituía una reserva importante de agua, su color era pálido, variaba de gris a verde, de amarillo a rojo. Su parte superior era plana y se elevaba un poco en el centro, tenía manchas translúcidas y la piel se había desprendido un poco a causa de una burbujas de color rojo oscuro que habían aparecido.
Tuve siempre esta dificultad de acordarle un género o una especie y sabía que se desarrollaba más rápido que una planta. La primavera llegó, un nuevo par de huesos recubiertos de piel habían nacido en medio del primero, entre la grieta. Ésta era cada vez más importante, se extendía y habría al organismo en la mitad para que se pudiera reproducir. El crecimiento fue constante hasta el mes de Agosto. Al final de la primavera desbordaba el recipiente, cada nuevo par se habría y dejaba nacer a otro nuevo en la mitad, esto pasaba cada cuatro días, y en ese momento ya tenía una veintena. Las manchas rojas y verdes se expandían y cubrían la totalidad del volumen, devenían más oscuras y un olor de ácido graso invadía mi jardín. Sus formas cambiaban a diario, eran sin duda organismos vivos, osaría decir que se parecían cada vez más a órganos humanos.

Se llamaba Fiona, era maravillosa. Vivió conmigo cinco años, durante el invierno perdió el agua que la mantenía en vida. Decidí conservarla hasta el último momento, la saqué del frasco y la sembré en un recipiente rectangular, mucho más grande que el inicial: sesenta y cinco centímetros de largo, treinta y cuatro centímetros de ancho y veinte tres centímetros de profundidad. El tamaño de un ataúd para una niña.